Saliva abundante y sus probabilidades

Los recuerdos son piruetas sueltas en forma de galleta glaseada o de hojas secas. Te los comes o los pisas, se mezclan en bonche y amontonados se confunden. Con los años, resta de ellos una imagen malograda y resbalosa, como un niño que sale a jugar al patio y regresa sucio, pero sonriente.

Según dicta la regla, una experiencia se convierte en recuerdo cuando enloquecen sus detalles y no estás seguro de si llovió o no, si desayunaste como rey o te saltaste la comida. Antes de eso, una experiencia es solo otro hueso más de nuestra anatomía, que si nos caemos se rompe como cualquier figurilla de cristal. Lo siguiente es un recuerdo.

La primera vez que viajé sola sin tener dónde dormir fue a Irlanda. Inicialmente compré los billetes para celebrarle el cumpleaños a una amiga que al final, por cosas de la vida, no pudo ir. Yo dudé y estuve cerca de quedarme. Claro que esto hoy me parece una opción inconcebible, pero no me apetecían largos silencios frecuentes para aquel invierno de entonces.

Horas antes del vuelo aun dudaba. Un colega supo y me dijo: “Marimar, anda. No siempre hay que perseguir algo en concreto. Permítele a la vida ser vida, y no solo un espacio para que se cumpla tu agenda”. Dicho y hecho. Puse cuatro trapos en mi mochila y al aeropuerto.

Llegué a Dublín a las 2:00 a.m.. Con las prisas, olvidé hacerle caso al pensamiento que tuve en la casa de reservar cama en algún hostal. Mi celular era un trasto que solo funcionaba para saber la hora, y fuera estaba todo tan oscuro y frío como un refrigerador cerrado. Extraje del lado derecho de mi mochila unos caramelos para la garganta. Los puse más cerca de mi alcance, en los bolsillos frontales del abrigo peludo, porque seguramente con esas temperaturas me daría carraspera en unas horas. Respiré hondo y salí a la intemperie. “¡CO-ÑO!”.

Soy de las que ha dicho “uff, qué frío” un día cualquiera a las 11 de la mañana en el Caribe. Normal que el azote climático superase las ocho capas de ropa que llevaba puestas y me congelase hasta las estrías. Pude haber preguntado a algún empleado o taxista sobre un hostal para quedarme esa noche, pero eso no era “dejar a la vida ser vida”, ¿cierto? (Así es. En el momento menos adecuado decidí escuchar al misticismo que llevo dentro.) En eso, aparece un bus azul, enorme de dos pisos. Abrió sus puertas y entraron decenas de turistas. Decidí que irme tras ellos se parecía más a dejar a la vida ser vida. “Pa’l carajo. Me monto en el bus”.

Como siempre hay cosas interesantes y gente divertida en las últimas paradas, decidí quedarme sentada hasta el final (mentira, la verdad es que me quedé dormida). “Ma’am, ma’am. This is the last stop. Ma’am.”. Con mi usual cara de perdida al levantarme, medio balbuceando pregunté dónde quedaba el hostal más cercano. “End of street”, y señaló hacia adelante. Me bajé.

Entre el frío de la madrugada, mi escasa noción direccional, lentitud al caminar y mi mochila inflada de ropa mal doblada, parecía una tortuga con caparazón malpuesto en las calles de la ciudad. Prestaba especial atención a los letreros, esperando en cualquier momento hallar uno que leyese “hostel” con lucecitas intermitentes. ¡Ahí estaba! Entré.

Para quien no tenga claro el concepto de un hostal, es básicamente un parador sencillo y pequeño en el que usualmente hay varias camas por habitación, comúnmente literas por eso de ahorrar espacio, y pagas por noche, por una de ellas. Aunque a veces puedes escoger entre cuartos mixtos o divididos por género, no eliges quién compartirá espacio contigo. Es todo al azar. La circunstancia de extrema apertura y falta de privacidad hace que sea la opción de hospedaje más económica para los viajeros alrededor del mundo.

“Hi, ma’am. What can we do for you tonight?”, dijo el empleado de servicio al cliente. Cabello, barba, camisa, sortija, aretes, guantes. Todo era rojo como una manzana, pero con forma de pepino porque también era altísimo y, wow, se veía tan irlandés… “Ma’am?”

La conversación se resume en que todas las camas estaban ocupadas, fuera hacía frío y no podía mantenerme despierta. Me senté junto a mi mochila en un sofá frente a recepción. “Descansaré los ojos en lo que construyo un plan”.

DIEZ HORAS DESPUÉS…

 Desperté babeada, en posición fetal con la cabeza colgando a medias del sofá, la mochila abrazada y una bota al otro lado de la estancia (al parecer en la lista de las variadas actividades que hago mientras duermo, debo añadir el fútbol). “Puñe…”

La recepción estaba llena, llenísima. No sé si me entienden. No cabía un alma. Gente de todas partes del mundo hablando en mil lenguas diferentes. Parecía el rapto final. O la Torre de Babel. O una gran pesadilla porque todos me observaban y yo no me acordaba bien dónde estaba ni qué había pasado. Me limpié la baba -o saliva abundante, como mejor se oiga- con la manga del abrigo, abrí un caramelo de la garganta para mejorar mi probable mal aliento a alcantarilla y me acerqué a recepción.

Justo cuando me disponía a disculpar por el pequeño espectáculo con la señorita de turno, ella sonriente me interrumpe. “Ma’am, a young man this morning said you looked beautiful sleeping on that couch, and before he left gave you his bed for tonight, and paid for it”.

QUEEEEEEÉ. ¿Qué acababa de suceder? Creo que dije “thank you, oh thanks” más de seis veces a la mujer, y regresé a sentarme en el sofá. Esto de “dejar a la vida ser vida” era más místico de lo que creí. A dónde fue a parar este hombre, a quien públicamente mis babas sedujeron, no lo supe y no lo sé, pero es una pena que haya dejado ir a la mujer de su vida. Mientras, yo aprendí dos cosas:

  1. Si tus babas por la mañana no lo vuelven loco/a déjalo ir.
  2. Confiar en la pequeña gran magia de lo poco probable nunca quita, siempre añade.
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4 thoughts on “Saliva abundante y sus probabilidades

  1. Esta pequeña cronica me parecio muy buena porque me trasporto a ese lugar, creo que pudiese ser la introducion a una novela. Esperare a la proxima

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