Morfología de la inmortalidad

Dedicado a quienes no están y se llevaron con ellos sus camisas y obsesiones.

Una obsesión es aquello que quisiéramos atrapar para llevarlo de una esquina a otra, siempre en el bolsillo (si somos desconfiados, quizás prefiramos esconderlo donde nadie pueda acceder: como la tubería del fregadero).

Todos tenemos obsesiones en la cabeza. Nos escogieron desde que andábamos en algún vientre, dentro de alguna mujer, y hasta el último día nos habitan. Cuando se sienten olvidadas, nos cortan la línea de pensamiento. De ahí nacen los “Espérate, ¿por dónde iba? Me fui. ¿Qué estaba diciendo?”. Las obsesiones nos dominan, arriban a nuestra mente para interrumpir, hacernos cuestionar.

Por ejemplo, yo quisiera saber cuántas cosas exactamente caben por el primer ojal de la última camisa de botones que compré, aparte del botón, por supuesto. Pienso en hormiga, lápiz, pestaña, un pedazo de uña, habichuela, papelito, bobby pin, goma de cabello, lentejuela. También podría jugar a desde arriba escupir y ver si el salivazo atraviesa el portal: ese maravilloso ojal.

Me obsesionan los ojales porque nadie habla de ellos, sino del botón, como se habla de la persona y no de sus sueños. Al ojal no se le busca utilidad política ni social aparte de la más obvia. Algo así, lastimosamente, ocurre con la mayoría de los sueños. Son tópico obsoleto y se niegan hasta que desaparecen. (¡¿A-DÓN-DE-CA-RA-JOS?!)

Por eso, también me obsesionan los sueños. Son el reflejo del alma (aunque mi mamá dice lo mismo de los ojos. Quizás los sueños, el alma, y los ojos están conectados por alguna carretera invisible). ¿A dónde van a parar los rezos que nadie escuchó, los antojos de chocolate que no se sacian, las ideas despeinadas que no se comparten? Dónde viven estas cosas, los sueños que nunca se cumplieron, porque yo quiero enviarle una carta al administrador/a de ese espacio residencial que con tanto amor acoge a todo lo que nunca pasó.

Imagino al residencial grande, con más habitaciones que el Abraj Kudai, y el motor de funcionamiento principal debe ser un armamento de lupas. Reconocer el cadáver de un sueño suena fácil, pero éstos son pequeños y llegan aplastados. No abren puertas, caben por debajo de ellas. Se requieren lupas.

Las paredes deben ser púrpuras, definitivamente el color de pintura que más sobra por allá: nadie vivo y coherente se inclina a que su casa parezca una uva rectangular. Otra cosa, apuesto a que en este espacio por cada loseta hay una ventana. Estos sueños en vida nunca vieron la luz y de seguro su deseo más grande sea rodearse ahora de ella, aprovechar cada rayito de sol.

Al hablar sobre cadáveres, sería apropiado que me preguntasen por qué escribo “residencial” y no “cementerio”. Gustosamente, como de costumbre, puedo contestar. Los sueños no son aguacates. Tienen componentes (en otro momento podemos discutir cuáles son) un tanto más resistentes, no se pudren si nadie los consume. Solo se malogran y toman forma de cadaver, pero hay enfermeros y centro de rehabilitación en el residencial. Los sueños se quedan ahí hasta que se estabilizan.

Eventualmente encuentran un cuerpo, una nueva oportunidad de realizarse. Esta es la dinámica. Si yo sueño con viajar el mundo, pero nunca lo hago, o fallezco y ya no puedo intentar, alguien más, en algún país, de cualquier raza, un día se levantará y dirá: “Quiero viajar el mundo”.

Mi sueño, ese día, habrá salido del residencial listo para nuevamente tratar de ser y, de alguna manera, a través quizás de esa carretera invisible entre alma, sueño y ojo, viviré yo aunque ya no esté. Así opera la inmortalidad de nuestra conexión como seres humanos. ¡Esta magia debería ser suficiente para amarnos!

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