Señora magenta: crónica de una multa

Les juro que trato, pero siempre está el exnovio que se quedó molesto, con cara de vístima; el desconocido del supermercado que compitió con su carrito para llegar a la fila antes que yo, y perdió; el vendedor de la tienda al que dejé hablar demasiado como para hacerlo creer que compraría algo, y se equivocó. Aunque la mayoría de las veces -porque así decido- reina la serenidad entre la gente y mi persona, hay excepciones. Una de las más memorables fue la tenebrosa mañana en que me dieron mi primera multa, en otro continente, estando sola, con el dinero contado y a 24 horas de mudarme de Europa a Estados Unidos. Lo sé. ¿Empezamos a grabar la película ahora o después?

Como las estadísticas sugieren para las personas jóvenes sin familia acomodada, claramente estos viajes sucedieron bajo la norma de: “Ay, santos cielos, Marimar. Recuerda utilizar el gustazo en la cena de hoy o no te dará el budget para comprar el desayuno de mañana”. Nadaba contra los pronósticos de mis posibilidades financieras, a puntito de cantar victoria porque el presupuesto me daría justo para llegar a E.E.U.U., hasta que el día antes del vuelo se me antojó visitar lugares que me quedaban por ver. Para esto, tenía que tomar el metro, una de las opciones más fáciles y ligeras de transporte público.

Ya en la estación, veo que la gente extrae de sus bolsos, carteras y bolsillos una tarjetita que deslizan a fin de poder pasar a la sección de metro que les corresponde, según su destino. “Me caso en ná’, la tarjeta”, pensé. El modus operandi es el siguiente: mensualmente el ciudadano debe recargar la tarjeta y, si bien estoy, cuesta 40 euros (aproximadamente 45 dólares).

Unos días atrás había vencido mi tarjeta, y recuerdo el momento exacto en que determiné no recargarla porque “ya me voy del país, no tiene sentido. Puedo quedarme estos últimos días tranquila en el área y ahorrarme el dinero”. Claramente olvidé el estatuto y allí estaba, en la estación, con cara de borrego perdido y ojos de pescado congelado, gobernadora de mi despiste. “¿Y ahora? Ya estoy aquí”.

“Las grandes verdades habitan en lo simple”. Damas y caballeros, esto fue lo que me dije para justificar la poca creatividad de mi plan, que consistía en escoger al azar una persona que anduviese sola, explicarle que no tenía tarjeta y pedirle, muy amablemente, que me dejase pasar con ella. Fácil. Sin mucho espacio para fallos.

Esto se escribe muy lindo, pero debo expresarles los pormenores. Una vez la persona poseedora de la tarjeta la desliza, el tiempo para pasar es mínimo; la barra baja veloz, cierra y el próximo viajero debe volver a deslizar tarjeta para proceder. Esto significa que debía pegarme insensatamente a la persona desconocida y caminar como pingüino tras ella si quería pasar. De lo contrario, me quedaría fuera.

Voy a saltarme el lío de cómo identifiqué una persona que dijese sí a mi plan, porque pareció proceso de selección natural, e iré al grano, la conseguí. He aquí el detalle: caminar como pingüino cuando tienes ropa de invierno llama MUCHO la atención. No pude pasar inadvertida ante los ojos del policía de turno, quien no vaciló en soplar su asqueroso silbato mientras se dirigía como en trance hacia mí.

La señora que me permitió irrespetar su espacio personal para pasar tras ella en la estación cambió de color blanco a magenta. El policía llega. Cuestionó porqué pasé ilegalmente. Ante los nervios, dije una mentirota mal dicha, que ni repitiéndola mil veces me la creería: “Señor policía, esta señora es mi querida tía. He venido a verla por unos días y…”

–“Eso no es cierto. Yo no conozco a esta mujer”, me interrumpió la señora magenta. Con tremendo tijerazo se recortó de la situación, y desapareció. Me quedé ahí parada, sola.

El policía indica que son casi 100 dólares de multa, quise infartar. La drama queen que me habita se despertó y pronunció babosadas: “¡Soy parte de la Unión Europea, no pueden multarme esta manera!”, “Ya le dije, no soy de aquí”, “¿Tiene usted cómo probar su acusación?”.

Cuando el intachable servidor público dijo las palabras mágicas: cárcel, comisaría, barrotes, decidí que la drama queen debía irse a dormir y traer devuelta a Marimar diplomática. Al fin y al cabo, si voy a la cárcel, que sea por defender una causa y por usar el metro contra la ley. ¿Qué clase de historia sería esa?

Pagué mi multa. Pude haber gastado esos 100 dólares en un spa, que al sol de hoy sigo deseando, pero no. La vida quiso que escribiera esta crónica.

 

2 thoughts on “Señora magenta: crónica de una multa

  1. Jajajaja… Como me río… porque simplemente sale la gran actriz y yo vi toda la escena y vi caer el telón… Aplausos por favor. 🎭

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