Matando piojos

Entiendes el valor de las cosas cuando te hacen falta. Hace tres días se rompió mi cargador del celular y no me preocupé, porque según yo tenía como diez más. Fui a buscarlos y búm, todos dañados. ¿Quién tiene una gaveta llena de cadáveres de cable? Voy a convencerme de que estos sucesos pasan por arte de magia, como las trasteras, porque de lo contrario sería un pasatiempo poco impresionante. Hola, soy Marimar, coleccionista de cables inservibles. What?

Eran las 11 de la noche. Con el 23% de batería que restaba en mi celular, apagué el aparato para alargar su vida. Esta acción fue BIEN riesgosa y determinante. Si el celular no está encendido, no suena mi alarma y yo no me despierto.

Quizás, como estamos en cuarentena podrán pensar que “da igual” porque puedo dormir hasta tarde, pero no. Me despierto a trabajar tempranísimo… 😭 En fin, decidí confiar en mi reloj biológico. Antes de dormir le dediqué una canción para’ acumular puntitos y tuviese compasión de mí en la mañana.

La canción FUNCIONÓ. Abrí los ojos a las 7AM. Me vestí y fui a la farmacia abierta más cercana. No había fila. Procedo a comprar el único estilo de cargador genérico que venden en las farmacias. Me cobraron $30.00. Infarté. Diez veces. Una por cada cable dañado de mi gaveta.

-“Señorita, ¿quiere el recibo?”

-“No, gracias”, ¿para ver los $30 dólares que acababa de gastar y se volviera real esa injusticia? No, gracias.

Llegué a mi casa. Me quité la ropa en la puerta. La metí toda en una bolsa de basura para lavar. Me desinfecté. Me bañé dos veces. Me lavé el pelo también por si acaso el Coronavirus es como los piojos y se queda viviendo en el cuero cabelludo. Me vestí y listo. 5% de batería y 10 minutos antes de mi reunión por Zoom en la mañana. Persona ordenada vale por dos. 💁‍♀️

Me siento en mi esquina especial de trabajo, respiro hondo, me regocijo conmigo misma por haber sobrevivido a la temible hazaña de salir durante una pandemia. Abro la laptop para irme conectando a Zoom. Abro el empaque de mi nuevo gran cargador que por su precio se supone que estará conmigo hasta que yo cumpla 60 años y… adivinen.

Salió roto.

A veces, justo cuando más seguro estás de que las cosas saldrán bien, pues no.

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