El viaje más largo

He dejado de pronunciar muchas cosas por miedo a estar equivocada. He tomado muchos aviones por miedo a quedarme. Un día me levanté con todas las palabras que no dije esperándome en el comedor, a brazos cruzados, cuestionándome por qué las retuve en mi boca. Las engañé diciéndoles que no tuve tiempo, que no las dije porque debía ir a un aeropuerto.

Mentira. En cada destino nadie me esperaba. Pude haberme quedado para decir lo que quería decir, pero no. Me fui. Ahora soy tesorera de mis huidas y mis silencios. Me adueño o me arrepiento. No hay mas opción.

Hace unos años, cuando retomé confianza para soñar, lo hice tóxicamente. Creé un espejo de futuro donde solo se veían reflejados mis deseos y estructuras. Me parecía perfecto.

La vida, siento tan… vida, con sus vueltas y fuetazos, me destrozó mi hermoso espejo. Terca como una mula, me recuerdo buscando los pedacitos para armar nuevamente mi futuro. Lo hice. Lo armé. Disimulé felicidad, pero ya nada se veía igual. Esas grietas fastidiaban todo. De enojo pasé a desilusión. Y de ahí, a incertidumbre.

¿Quién soy cuando mi calendario no existe? ¿En qué se resume mi vida si todo por lo que lucho se me derrama del vaso?

Hay días con lluvia. Hay días con preguntas. En esta ruleta, créeme, también hay días con respuesta. Lo mejor es no retener palabras para darle forma a los pensamientos. Todos los destinos pueden esperar, excepto el que te lleva a mirarte por dentro. Respira. Siente. Cuando termines, recuerda que eres y siempre has sido suficiente.

Dedicado para quien me pidió que escribiese sobre el miedo a la derrota.

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