Acentos sobre la eñe

Ayer me preguntaron algo importante. “¿Se te ha hecho más fácil escribir diariamente mientras más lo haces?”

Contesté que no. No se me ha hecho más fácil. Solo se me ha hecho más difícil olvidar cuánto amo hacerlo. Ojalá solo pudiera vivir, luego escribir y “repeat”. Siempre quise que fuese suficiente.

Cada día que escribo se siente como romper la norma, ponerle acento a una eñe. ¿Cuánto va a durar? ¿Cuándo llega el día en que me escurro con la norma? Luego de ese día, ¿cuánto van a importar los acentos? Los acentos sobre la eñe que me encargué de trazar.

No tengo todas las respuestas. Hay días tristes que parten el alma y te dejan vacía, acostada en el suelo. Le dices a todos que se vayan, pero quieres que alguien se quede. Solo una persona. La que mejor entienda la plasticina gris que llevas dentro.

También, hay otro tipo de días, los de vuelo constante, con piruetas y música. Hay días y otras veces se acaban. Cuando se agote el tiempo, yo solo quiero haber acentuado el abecedario completo.

Dedicado a quienes toman desvíos, a los exploradores sin remedio.

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