Mi primera vez en Dublín

Los recuerdos son piruetas sueltas en forma de galleta glaseada o de hojas secas. Te los comes o los pisas, se mezclan en bonche y amontonados se confunden. Con los años, los recuerdos son una imagen malograda y resbalosa, como un niño que sale a jugar al patio y regresa sucio, pero sonriente.

Lo siguiente es un recuerdo. La primera vez que viajé sola sin reservar dónde dormir fue a Irlanda. Llegué a Dublín a las 2:00 a.m.. Al salir del aeropuerto, como no tenía un plan, me dejé llevar. Apareció un bus azul, enorme de dos pisos. Abrió sus puertas y entraron decenas de turistas. Decidí que irme tras ellos era “dejar a la vida ser vida”. Me monté en el bus.

Como siempre hay cosas interesantes y gente divertida en las últimas paradas, decidí quedarme sentada hasta el final (mentira, la verdad es que me quedé dormida). “Ma’am, ma’am. This is the last stop. Ma’am.”. Con mi cara de perdida al levantarme, balbuceando pregunté dónde quedaba el hostal más cercano. “End of street”, y señaló hacia adelante. Me bajé.

Entre el frío invierno de la madrugada, mi escasa noción direccional, lentitud al caminar y mi mochila inflada de ropa mal doblada, parecía una tortuga con caparazón malpuesto en las calles de la ciudad. Prestaba especial atención a los letreros, esperando en cualquier momento hallar uno que leyese “hostel” con lucecitas intermitentes. ¡Ahí estaba! Entré.

“Hi, ma’am. What can we do for you tonight?”, dijo el empleado de servicio al cliente. Cabello, barba, camisa, sortija, aretes, guantes. Todo era rojo como una manzana, pero con forma de pepino porque también era altísimo y, wow, se veía tan irlandés… “Ma’am?” La conversación se resume en que todas las camas estaban ocupadas, fuera hacía frío y no podía mantenerme despierta. Me senté junto a mi mochila en un sofá frente a recepción.

“Descansaré los ojos en lo que construyo un plan”. DIEZ HORAS DESPUÉS… Desperté babeada, en posición fetal con la cabeza colgando a medias del sofá, la mochila abrazada y una bota al otro lado de la estancia (al parecer en la lista de las variadas actividades que hago mientras duermo, debo añadir el fútbol). “Puñe…”

Al levantarme en la mañana, la recepción estaba llena, llenísima. No sé si me entienden. No cabía un alma. Gente de todas partes del mundo hablando en mil lenguas diferentes. Parecía el rapto final. O la Torre de Babel. O una gran pesadilla porque todos me observaban y yo no me acordaba bien dónde estaba ni qué había pasado.

Me limpié la baba -o saliva abundante, como mejor se oiga- con la manga del abrigo, abrí un caramelo de la garganta para mejorar mi probable mal aliento a alcantarilla y me acerqué a recepción. Justo cuando me disponía a disculpar por el pequeño espectáculo con la señorita de turno, ella sonriente me interrumpe.

“Ma’am, a young man this morning said you looked beautiful sleeping on that couch, and before he left gave you his bed for tonight, and paid for it”. QUEEÉ. ¿Qué acababa de suceder? Creo que dije “thank you, oh thanks” más de seis veces a la mujer, y regresé a sentarme en el sofá.

Esto de “dejar a la vida ser vida” era más místico de lo que creí. A dónde fue a parar este hombre, a quien públicamente mis babas sedujeron, no lo supe y no lo sé, pero es una pena que me haya dejado ir. Mientras más cansada, más babeada amanezco, jaja. Mientras, yo aprendí dos cosas:

  1. Si tus babas por la mañana no lo vuelven loco/a déjalo ir.
  2. Confiar en la pequeña gran magia de lo poco probable nunca quita, siempre añade.

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