Nadando en una fuente

Esta es una carta que hace cinco años Ana, una vieja conocida, le escribió a su novio de toda la vida. Yo a ella la conocí en una barra el día que escribía la carta. Ayudé a editarla. En la cuarentena, Ana me dio permiso para compartirla donde yo quiera. Y dice así:

“El sol cae y tú te vas equilibrando. Antes de irme, te recuerdo que el alma de la tierra siempre escucha, y más estos días en que uno llora. En el fondo lo sabes. Con el tiempo se te va a olvidar el ruido de la puerta cuando yo la abría. Mi conversación interminable se convertirá en una moneda. Todo lo que soy será una moneda en tu boca y no la vas a querer tragar mañana. Arrojarás la moneda a una fuente.

Inventarás una estabilidad falsa hasta que sea real y del otro lado, yo nunca te voy a decir que me siento sola. El tiempo lame y borra detalles. Con el pasar de los meses, las miradas se pierden, y los abrazos, y nuestra complicidad. Desde esa confusión nadie es infeliz, solo se está perdido. Coincidirás conmigo en que estar perdido es mejor a seguir intentando que todo sea como un día quisimos.

Mientras una mitad del mundo se ahoga por no poder contar sus verdades, la otra se calla para no admitir las suyas. En cambio, nosotros fuimos buenos diciendo, amando, creyendo. Ahora que está desmantelado el kiosko, se vuelve fácil ver lo bueno y agradecer en silencio.

Feliz viaje,

Ana”

Dedicado al final de la historia de él y Ana, la pareja más linda que no pude conocer, y al final de tantas otras historias.

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