Linda soledad que me vive

Estoy segura del instante en que somos todos inocentes. En la mañana, solos, antes de abrir los ojos, antes de estirarnos. Ahí se producen los pensamientos con credibilidad absoluta que yo recolecto para sembrármelos en la cabeza. Cada cual se asegura de abastecerse la alacena como quiere y puede.

Me alimento de lo que pienso, mientras pienso en un atardecer estrellado desde mi balcón, y sueño que soy cometa y vuelo. Me muevo hacia abajo, en dirección de los párpados que se cierran para dormir, y me duermo yo también. En la mañana, vuelvo Amazonas, recolectora de los primeros pensamientos del día. Me mantengo libre siendo parte del espiral diario de mi calendario. Llena de optimismo.

Conozco la dimensión de mi cuarto, la cocina repleta de gavetas, la esquina cómoda del sofá. En esa esquina me siento a trabajar, me paro y vuelvo a sentarme muchas veces al día. Escucho ruidos de fuera que no afectan mi percepción de tranquilidad, es un gran beneficio que agradezco.

Reconozco que puedo ser parte cuando me separo. Desde ahí veo claro y calculo más preciso. Mezclarme con el silencio es una melodía que auténticamente se puede bailar. Es posible ser felices desde el sofá, cuando no hay nadie, en un momento simple de soledad.

Dedicado a quien me pidió que escribiese sobre la belleza de la soledad.

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