Estoy lista para pagarnos un rescate

La primera alcancía que tuve fue de Minnie Mouse, pintada a mano, de esas que para abrirlas tienes que romperlas. Era hermosa y eso complica las cosas. Usar el dinero se convirtió eventualmente en una negociación difícil conmigo misma: hacer morir mi alcancía de Minnie a cambio de acceder al dinero para comprar lo que quería. Tenía 7 años y no recuerdo lo que quería.

Esos ahorros los conseguía barriendo la casa, haciendo pulseras que le vendía a mi mamá y a mi abuela e improvisando poemas en la sala. Si escuchabas hasta el final uno de esos poemas, ibas a tener la oportunidad de arrojar dinero en mi sombrero mágico (mejor si era “dinero de papel y no de metal”).

Llegué a ahorrar mucho dinero. Más de $86.00. Tuve conflictos decidiendo mis propósitos: ahorrar para comprar lo que quería o ahorrar solo para estar preparada. No sé por qué tendría yo a los 7 años la sensación de que debía prepararme para la vida. Recuerdo exactamente la seguridad con que me levantaba todos los días. “Dale, raptadores de ñiños. Métanse conmigo ahora. Tengo $86 para pagar mi propio rescate”.

Estoy segura de que esa niña también estaría enfrentando al Coronavirus con una seguridad envidiable. Con $86 dólares compraría pruebas para todos los puertorriqueños, iniciaría la construcción de estaciones-hospital con camas para todos, permitiría a la gente salir a hacer ejercicio y abriría los supermercados y establecimientos de comida para delivery viernes 10, sábado 11 y domingo 12 de abril de 2020.

Salí de mi casa

Se descascara el mundo

Como pintura vieja de nevera

Desconfiamos de los destellos

Tornasol de las superficies

No toco nada, pero salí

Me fui a contar gaviotas

Desde una calle abierta

Llena de charcos

Entre acera y brea.

Para los que salen a correr quince minutos antes del toque de queda.

Con agua y jabón

Me gusta el camino estrecho. Mis cosas no caben por esa vereda, pero yo sí. Comencé persiguiendo nada, lavándome las manos, aplastando hojas secas, recordando mi último día en el mar. En vez de hojas, aquella mañana crujían olas y la playa desierta, tranquila…

Confundo los tiempos. Estoy aquí ahora y luego se me va la cabeza. Me lavo las manos. Estos días no tiene especial importancia si es miércoles o viernes. Lo que es crucial son las dimensiones del camino y lavarse las manos. Saber cuántos caben aquí y allá. Si hay camas suficientes. Los ruidos también importan, los aplausos. Comprar lechuga y pimientos y rábanos a tu agricultor más cercano igual tiene su mérito, como lavarse las manos.

Pienso en las cosas que no cupieron en el camino estrecho y dejé atrás. Se van difuminando. Tengo lo que necesito. Jabón y agua para lavarme las manos. Suspiro. Extraño el mar. Lo veo al horizonte del camino. No puedo esperar a llegar para lavar algo más que mis dedos. Mi mente también necesita enjuagarse.

Esta cuarentena no se han tomado medidas organizacionales que consideren a la salud mental como esencial. Gracias a la clase artista que produce contenido chévere para enjuagarnos la mente. ❤️

Paseo por el pueblo

Costurera de recibos, los adorno y hago una camisa con ellos. Modelo por la calle en blanco y negro. Los contornos, las calles y el camino reaparecen demasiado lento, como mi dinero.

Si pago todo, no me sobra nada. Si algo sobra, es que no pagué el agua. No me baño, la piel manchada. Se me preña la cabeza de complejidades. Pido que llueva para enjuagarme la cara.

Dedicado a quienes no tienen un lugar seguro.

Me habló en la banca, Blanca Blas

Suspiró al sentarse, o quizás fue solo el viento, y sin introducción, como si yo estuviese en esa banca de parque esperándola, empezó.

-“Sabes, algo en la galopada me perturba, pero insisto en menearme como puta… aunque, a ellas les pagan bien; a mí, ni centavo ni café ni gesto amable me van a ofrecer. ¿Una nalgada cuenta?”, y se frotó el cabello suelto.

-“Bueno, eso es definitivamente un gesto”, repliqué. Siguió.

-“Lo hago porque me desconecta y me encierra en mí misma. Por nada más. Por explorarme. No soporto a quien habla de sexo como el mayor sacramento. Es un enfangarse, más bien, de: tú me das, yo te doy, te rompen o te rompes, te liberas, te liberan, se vienen, te vienes -a veces-, cerró los ojos.

-…”Ah, extraño ciertas maneras en que me han besado, algunas caricias que me han dado, atenciones y detalles que ya no están. Nadie trata con el mismo tipo de dulzura dos veces, y eso hace de la gente un acontecimiento penoso del que no siempre puedo regresar. Es tan triste”. Frenó sin aviso y yo no dije nada, más por no saber que por estrategia, hasta que reanudó.

-“Sin embargo, cuando me abruman porque ocurre lo extraño, que quieran entrar a mí de otras formas, suelto todo y corro, no necesariamente en este orden, para huir”. (Aquí, supongo que algún picor en su entrepierna le paró la línea, porque cruzó los pies y se frotó la vagina con la mano, mal oculta tras un horroroso bolso verde).

-“¿A dónde huyes?”, le pregunté con el tono más periodístico que supe recrear.

-“Siempre al mismo sitio. Ser creativo es un lujo que los rotos no nos podemos dar, ¿sabes? Se trata de pretender innovación cuando, muy al fondo, es solo un cúmulo de hábitos. Tienes un lugar, y huyes siempre ahí cuando te descubren”.

-“Y si no te descubriesen nunca, ¿permanecerías?”, curiosa divagué.

-“Linda, de esta banca nos vamos las dos. La pregunta es quién se levanta primero”. Así, tomó su bolso y huyó, o se fue primero. No lo sé.

Venezia cabe en una esquina

Desde ayer, por las redes rondan fotografías que ilustran lo limpias que volvieron a ser las aguas de Venezia gracias al aislamiento social auspiciado por COVID-19. La fotografía que más llamó mi atención fue una que mostraba delfines haciendo acrobacias modo Discovery Channel, jajaja.

Esto me acordó a cuando estuve allí, en uno de los destinos más románticos del mundo. Sola.

Todos los días amaneció y permaneció nublado. Hacía frío porque fui en invierno. No recuerdo por qué, pero las horas que estuve en el tren de camino a Venezia lloré mucho. Escribí cartas que nunca envié (yaaaa seeé, aceptado el premio a la PEOR remitente EVER). Esas cartas aun las tengo en alguna esquina resbalosa. Es que en las esquinas todo cabe sin molestar, por años.

Estuve una semana. Los primeros tres días traté de imitar lo que he visto en películas y leído en libros: comer pasta (gluten free porque soy celíaca), dar un paseo en góndolas (era muy caro, así que no pude pagarlo), esperar a la noche para pedir una copa de vino en algún balcón (todos los meseros me miraban apenados: “just for you”?).

Al cuarto día ya no me quedaba mucho que imitar, porque a diferencia de otras personas que tienen infinitos outfits para las fotos, yo vestía siempre igual. Tenía diariamente el mismo abrigo negro con pelitos marrón bordeando el gorro, porque en la mochila no cabía más. Entonces, bajo esas circunstancias, termina siendo aburrido tomarte fotos como principal entretenimiento día nublado y frío tras día nublado y frío.

Es una mentirota si escribo que soy buena con las ubicaciones. Pregúntame cuando quieras, yo nunca sabré por dónde se pone el sol. Me cuesta encontrar la izquierda. Me desesperan los mapas. Aquí es donde se pone interesante.

La única recomendación repetida por todos era: “de noche, no camines sin rumbo; te vas a perder”. En efecto. Hablando de esquinas, Venezia es una bastante laberíntica (aunque mis impresiones en estos casos no cuentan, puedo pasar por el mismo pasillo 20 veces y es “nuevo”).

En la noche del quinto día decidí perderme por las calles, porque “todos los caminos llevan a Roma”… o algo así me dije en una de esas animadas conversaciones que tengo conmigo misma. Lo crucial es que me convencí, fui a perderme.

Tuve una de las noches más complicadas y favoritas de mi vida. Dar detalles ya sería un blog distinto. Solo diré que Venezia en invierno durante la noche estando solo cuando no tienes sentido de orientación debería ser el título de alguna disertación doctoral.

La tomé en 2016. Predelfines.

*Blog dedicado a quienes me pidieron que recordase algún viaje. #backpacker

Señora magenta: crónica de una multa

Les juro que trato, pero siempre está el exnovio que se quedó molesto, con cara de vístima; el desconocido del supermercado que compitió con su carrito para llegar a la fila antes que yo, y perdió; el vendedor de la tienda al que dejé hablar demasiado como para hacerlo creer que compraría algo, y se equivocó. Aunque la mayoría de las veces -porque así decido- reina la serenidad entre la gente y mi persona, hay excepciones. Una de las más memorables fue la tenebrosa mañana en que me dieron mi primera multa, en otro continente, estando sola, con el dinero contado y a 24 horas de mudarme de Europa a Estados Unidos. Lo sé. ¿Empezamos a grabar la película ahora o después?

Como las estadísticas sugieren para las personas jóvenes sin familia acomodada, claramente estos viajes sucedieron bajo la norma de: “Ay, santos cielos, Marimar. Recuerda utilizar el gustazo en la cena de hoy o no te dará el budget para comprar el desayuno de mañana”. Nadaba contra los pronósticos de mis posibilidades financieras, a puntito de cantar victoria porque el presupuesto me daría justo para llegar a E.E.U.U., hasta que el día antes del vuelo se me antojó visitar lugares que me quedaban por ver. Para esto, tenía que tomar el metro, una de las opciones más fáciles y ligeras de transporte público.

Ya en la estación, veo que la gente extrae de sus bolsos, carteras y bolsillos una tarjetita que deslizan a fin de poder pasar a la sección de metro que les corresponde, según su destino. “Me caso en ná’, la tarjeta”, pensé. El modus operandi es el siguiente: mensualmente el ciudadano debe recargar la tarjeta y, si bien estoy, cuesta 40 euros (aproximadamente 45 dólares).

Unos días atrás había vencido mi tarjeta, y recuerdo el momento exacto en que determiné no recargarla porque “ya me voy del país, no tiene sentido. Puedo quedarme estos últimos días tranquila en el área y ahorrarme el dinero”. Claramente olvidé el estatuto y allí estaba, en la estación, con cara de borrego perdido y ojos de pescado congelado, gobernadora de mi despiste. “¿Y ahora? Ya estoy aquí”.

“Las grandes verdades habitan en lo simple”. Damas y caballeros, esto fue lo que me dije para justificar la poca creatividad de mi plan, que consistía en escoger al azar una persona que anduviese sola, explicarle que no tenía tarjeta y pedirle, muy amablemente, que me dejase pasar con ella. Fácil. Sin mucho espacio para fallos.

Esto se escribe muy lindo, pero debo expresarles los pormenores. Una vez la persona poseedora de la tarjeta la desliza, el tiempo para pasar es mínimo; la barra baja veloz, cierra y el próximo viajero debe volver a deslizar tarjeta para proceder. Esto significa que debía pegarme insensatamente a la persona desconocida y caminar como pingüino tras ella si quería pasar. De lo contrario, me quedaría fuera.

Voy a saltarme el lío de cómo identifiqué una persona que dijese sí a mi plan, porque pareció proceso de selección natural, e iré al grano, la conseguí. He aquí el detalle: caminar como pingüino cuando tienes ropa de invierno llama MUCHO la atención. No pude pasar inadvertida ante los ojos del policía de turno, quien no vaciló en soplar su asqueroso silbato mientras se dirigía como en trance hacia mí.

La señora que me permitió irrespetar su espacio personal para pasar tras ella en la estación cambió de color blanco a magenta. El policía llega. Cuestionó porqué pasé ilegalmente. Ante los nervios, dije una mentirota mal dicha, que ni repitiéndola mil veces me la creería: “Señor policía, esta señora es mi querida tía. He venido a verla por unos días y…”

–“Eso no es cierto. Yo no conozco a esta mujer”, me interrumpió la señora magenta. Con tremendo tijerazo se recortó de la situación, y desapareció. Me quedé ahí parada, sola.

El policía indica que son casi 100 dólares de multa, quise infartar. La drama queen que me habita se despertó y pronunció babosadas: “¡Soy parte de la Unión Europea, no pueden multarme esta manera!”, “Ya le dije, no soy de aquí”, “¿Tiene usted cómo probar su acusación?”.

Cuando el intachable servidor público dijo las palabras mágicas: cárcel, comisaría, barrotes, decidí que la drama queen debía irse a dormir y traer devuelta a Marimar diplomática. Al fin y al cabo, si voy a la cárcel, que sea por defender una causa y por usar el metro contra la ley. ¿Qué clase de historia sería esa?

Pagué mi multa. Pude haber gastado esos 100 dólares en un spa, que al sol de hoy sigo deseando, pero no. La vida quiso que escribiera esta crónica.