VIAJES

Cuba, un paraíso incomprendido

POR SANDRA COLORADO

 “¿Cómo estará la gente en Cuba?” En abril de 2019 viajamos a la Habana vía Panamá acompañados de mi hermano, su esposa y nuestros compadres. El Hotel Inglaterra, en el cual nos hospedamos, es cuatro estrellas dentro de los parámetros en Cuba. Está localizado en el mismo centro de La Habana, frente al Parque Central donde se encuentran los vehículos clásicos y al lado del Teatro Alicia Alonso. Era espacioso y muy limpio. La habitación tenía todo lo necesario para una estadía cómoda, estilo años 60. 

Almorzamos en un restaurante cerca del hotel, me parece que se llamaba El Cubita. En la noche, fuimos al lugar de baile en la azotea del hotel. Mi compadre es músico percusionista, así que como buen puertorriqueño demostró el sabor boricua con un solo de conga. No bailamos porque en Cuba son bailarines expertos y nosotros somos de la época de la salsa dura que ya nadie baila. Al regresar a la habitación, mi esposo se sintió mal y redecoró el cuarto. En ese momento  conocimos la amabilidad y humildad del cubano en la isla. La chica solo tenía un cubo y un palo de escoba con un paño grueso al final. Su principal preocupación no era el reguero y el mal olor a vómito, sino la salud de mi marido y el bienestar de ambos. 

El resto de la semana comimos como alta alcurnia y pagamos como méndigos. Almorzábamos un día en La Bodeguita del Medio y cenábamos en Los Nardos o en cualquier lugar en la calle El Obispo, conocida por sus hermosas y baratas artesanías. Mi hermano estaba sorprendido porque no como mucho. En Cuba me desajusté y si no me traen de vuelta pronto hubiese tenido que comprar otro pasaje aéreo para acomodar mis caderas. 

Visitamos lugares llenos de historia como el Hotel Nacional, la Plaza de la Revolución y el Museo Nacional, donde compré un libro complicado de la autoría de Fidel Castro, Obama y el Imperio. También saboreamos Cristal, la mejor cerveza de Cuba, en el Floridita, el bar icónico de Ernest Hemingway donde tienes que hacer fila para tomarte una foto con su escultura. 

Paseamos por el Malecón Habanero y asistimos a una bohemia en el Gato Tuerto. La última noche la pasamos en un local nuevo, no recuerdo el nombre, donde había restaurantes, presentaciones de danza moderna, rock, salsa, museo, salón vip. Un lugar hermoso con mucha seguridad y ambiente para los de 18 años en adelante. Sin embargo, lo que más aprecié fue la gratitud de su gente, sus lágrimas de agradecimiento cuando le entregábamos las bolsitas de chucherías que habíamos llevado. Recibimos tantas bendiciones que creo estaré protegida toda mi vida. Dios bendiga esa hermosa isla, su gente y me permita volver a visitarla.

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