VIAJES

flamboyán

POR JOSÉ MARTÍNEZ 

Cuando el Intrepid cruzaba la neblina, todo cambiaba. Con la primera curva llegaba el abismo verde. Siempre intentaba imaginarme quién vivía en aquellas casas solitarias a la distancia, qué habría causado las columnas de humo hincadas entre árboles, qué habría en ese espacio profundo que no llegaba a ver donde las montañas se encontraban.


Eventualmente, nos encontrábamos con aquella familia de jíbaros, postrados en su pedestal, centinelas del camino que me permitían saber por dónde íbamos sin tener que preguntar. El verde era interrumpido de vez en cuando por salidas que no nos incumbían, hasta que sí. Siempre llegaba el punto en el que mi abuelo repetía emocionado “Guayanilla, Guayanilla, Guayanilla”. Lo repetíamos con él y al pasar el puente peatonal: “¡Yauco!”. Era oficial, habíamos llegado.


A un poco del puente, mi abuela denotaba un pequeño pedazo de tierra donde había vivido de niña hasta que el municipio los hizo mudarse para hacer espacio para la autopista y el progreso.

Después de eso, y una breve parada en la panadería, tomábamos varias calles angostas, inclinadas, incómodas que nos llevaban hasta la entrada. Aquel túnel verde servía como el último portal que me separaba del mundo exterior. Mis recuerdos todavía viven después de ese portón.


La casa estaba en medio de todo, tomaba justo el espacio que necesitaba y le sobraba para respirar, como obra en la pared de alguna galería. A la derecha, alguna vez hubo gallinas, conejos y cerdos que nunca vi. Más allá, los árboles salvajes que no paraban de dar frutas.


En la puerta siempre nos esperaban las dos Marías: Abuela Lidia y Cuca, dos ángeles cuyas memorias siempre me bendicen. Las geografías de sus caras las tengo grabadas en mi mente. Aquellos fines de semana eran perfectamente eternos, así como todo en la niñez es o parece serlo.


Al otro lado de la casa, el flamboyán que adorna el panorama de mi alma, siempre florecido. Estaba justo en el borde de un declive, el mismo cuya esquina usábamos como atajo para ver al primo.


Ya los ángeles no andan con nosotros, el tiempo no es infinito. La casa tampoco, el progreso también lo alcanzó. Pero me pregunto si el flamboyán sigue ahí, florecido, alto, fuerte; y si sentándome en su sombra y cerrando los ojos puedo volver a cruzar la neblina.


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