LIBERTAD

La libertad es de quien quiera tenerla

POR ALEXANDRA BELLIDO

Uno de mis miedos más grandes en la vida cogía forma ante mis ojos. Después de pasar
aquellos portones, todas las preguntas y revisiones, me encontré sentada en un catre polvoriento, observando un toilet metálico que jamás se había lavado. Más arriba de lo que podía alcanzar, un pequeño cuadro simulaba una ventana por la que apenas entraba un mísero rayo de luz. Estaba rodeada de guardias a los que siempre había temido sin ninguna razón lógica en particular, y de mujeres del bajo mundo en las que me dijeron que jamás debía confiar. Me encontré sin nada, de la noche a la mañana. Completamente aterrorizada.

De repente, el mísero rayo de luz me empezó a consolar y lo utilizaba para poner en
papel las pocas palabras que me quedaban. Mi mente se empezó a apagar; mi cuerpo se defendía de todos los males que podían haber en el lugar.

Por las tardes, nos sacaban a un patio completamente enrejado. Era como una jaula de
conejos gigante, pero no lo suficientemente grande para veinticinco mujeres en rabia. Desde allí, se podía ver a lo lejos un pastizal por el que no pasaban ni las gallinas de palo. Hasta que un día, a lo lejos, en el cielo unos puntos esparcidos y de colores se fueron acercando a la tierra de manera acelerada. Forcé mi vista y pude ver que era gente en paracaídas flotando en el aire sin ningún miedo en su expresión, hasta caer y volver a tierra, donde nos dicen que pertenecemos.

Me acerqué lo más que pude a las rejas con parte de mi cara marcada ante tanta presión.
En la distancia los vi. Caminando sin rumbo, con una falda gigante siguiéndoles a sus espadas y el pasto cubriendo la mitad de sus cuerpos. Intenté tan fuerte acercarme a ver sus rostros, que sin darme cuenta mi cuerpo había atravesado la verja y los seguí.

Corrí, corrí y corrí. Era libre.


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