LIBERTAD

capilla sin techo

POR JOSÉ MARTÍNEZ

Cuando Salcedo exhaló su último suspiro, su alma escapó de entre sus labios y se perdió río abajo. En su camino, mojó las piedras y se evaporó. Su nube sobrevoló el pueblo y su lluvia formó un charco en la plaza. Un perro realengo y sarnoso lo bebió y al par de horas lo orinó en la pared de la parroquia, declarándola suya.

En Cataño, cerca del terminal de la lancha, hay una capilla sin techo. En ella, la grama de cuatro pies alberga pulgas y garrapatas. De noche, los perros, gatos, las ratas y hasta los changos se congregan ahí. Todos se acuestan en la tierra y quedan hipnotizados por las estrellas.

En el frío vacío, entre constelaciones, hay un espejo que te devuelve la mirada con la clase de sinceridad que te saca las lágrimas. La última vez que hincaste rodilla al perro realengo y sarnoso, sentiste la costra de sus llagas moverse debajo de tu piel. Lo has evitado desde ese momento.

Cuando te acuestas en la grama y lloras al encontrarte en el vacío infinito, un perro anónimo lame los rastros de sal que quedan en tu cara. Cuando lo miras a los ojos, el mundo entero cuestiona tu sufrimiento.

A veces te acecha una fiebre sigilosa y te recuerda que la maldición de Salcedo vive en tu ácido desoxirribonucleico y contamina todo lo que tocas. “Soy el rey Midas de cagar las cosas”, piensas mientras las costras se re-materializan.


Sabes que el mundo es demasiado grande y que si algún día fueses libre te perderías en él; pero la razón y la esperanza nunca se han mirado cara a cara, no como tú y el perro. Crees que realmente entiendes su sed, pero no estás seguro. No hablan el mismo lenguaje, aunque parece reaccionar a tus palabras. Ya es demasiado viejo para aprender trucos nuevos, y tú demasiado terco para cambiar.

Un miércoles, decides unirte a la congregasión. Vas a la capilla y te acuestas entre un sato ciego y una mangosta coja. Entre las estrellas, encuentras a Laika en su viaje cósmico, volando entre nébulas y mentiras. Si tú también pudieses volar, irías hasta el sol y cumplirías el sueño de Ícaro, que se joda la física.

Cuando vuelves a ti, miras a tu lado y ves al perro. Lo habías confundido entre los cientos y cientos de siervos y ciervos, pero ahora lo reconoces. Es el mismo que lame tus lágrimas, el mismo que bebió el veneno de Salcedo, el mismo que orino la parroquia. Ciego, sordo y sarnoso, aun así sueña. Ya ha orinado en todos los lados. El mundo entero le pertenece.


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