MEMORIAS

bendita memoria

Por William Anthony Molina

¿Sabes la sensación de oler algo y ser automáticamente transportado al pasado, hacia alguna experiencia hace tiempo escondida en las partes profundas de tu disco duro? Amo esa sensación. En mis cortos años me ha hecho recordar cosas que pensé que estaban perdidas para siempre. Desde la comida de mi abuela hasta mi clase de genética molecular, puedo asociar con precisión olores a memorias. Por ejemplo, el olor a cítricos me hace recordar las navidades de mi niñez, mientras que el olor a polvo me recuerda los libros que sacaba del cuarto oscuro de mi casa, los que nadie quería leer en mi familia. Hay olores que quiero volver experimentar para revivir partes de mi vida que a veces se me escapan.

Hace unos años viví un corto tiempo en España y, como buen estudiante de intercambio, planifiqué para tomar cursos electivos relativamente fáciles y así dedicarme a planificar muchísimos viajes antes de que sonara la campana que marcara mi regreso a la isla. Pensé al principio que iría por mi cuenta si no encontraba a las personas indicadas, aunque si me preguntas cuál era el criterio para que una persona fuera indicada no te sabría contestar. Al igual que en toda mi estadía europea, los astros se alinearon y encontré unos amigos estupendos.

Uno de estos viajes a veces se me olvida, pero tiene un olor tan particular que jamás se me escapa de la mente. Después de unos días de preparación, viajé a Marruecos con una alemana que carecía de muchas inhibiciones. Es definitivamente la persona más directa, precisa y sincera que conozco. Llegamos de noche a Marrakech y no teníamos ni idea de cómo llegar a nuestro hostal. Nos bajamos de un autobús que conducía al centro histórico y justo allí nos recibió un hombre cuyo rostro olvidé, y decía saber la ubicación exacta de nuestro alojamiento dentro del interminable laberinto de la Medina de Marrakech.

Yo tenía un miedo terrible de que el hombre fuera un asesino, pero no se lo quería demostrar ni a mi amiga ni al señor. Increíblemente, llegamos vivos a la entrada del hostal y luego de unos fuertes golpes en la puerta y unos cuantos dirhams marroquíes, fuimos recibidos en una sala hermosa llena de colores, texturas y olores. La sala estaba forrada de alfombras, muebles y cojines y de algún lugar emanaba un maravilloso olor que te hacía pensar que todo estaría bien en tu vida.

Veníamos pálidos del miedo y seguramente los empleados del hostal lo notaron rápidamente porque nos ofrecieron un vasito de té. ¡Qué bebida tan gloriosa! De ella brotaba el olor del que hablaba antes y parece ser que el olor del té marroquí es imposible de replicar fuera del país porque nunca más lo he vuelto a percibir. Acogidos y a salvo del asesino que nunca fue, experimentamos un viaje inolvidable. Bendita memoria que solo sirve como refuerzo de mis ganas de volver a visitar esas tierras aromáticas.


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