MEMORIAS

PLEGARIA ESCUCHADA

POR EDGARDO PEÑA COLORADO

Cuando pequeño, solía soñar con el príncipe que vendría a salvarme del hechizo que no me permitía expresar mi verdadero ser. Después de varios años esperándolo con cara de lechuga en mi ventana, perdí la fe en él, pero apareció una oportunidad en mi primer año de universidad en una caricatura de niños. Esa caricatura sería la que me daría lo que buscaba: mi salvación. Me daría nueva vida.

Viajé a través del océano para trabajar en el lugar que todo niño menor de 10 años desearía vivir, el mundo de Disney. Estaba dispuesto a tener nuevas experiencias, fuera del nido de mis padres. Especialmente con lo patético que me percibía; joven, sin pareja a los 18 años, virgen y sin ningún prospecto. Yo representaba lo que los niños en mi escuela elemental llamaban “Manila”, una persona a la que nunca han besado, como el doblez de un sobre manila sin usar. Peor aún, me encontraba a tres días de San Valentín en esta nueva aventura. Una vez más, la festividad que me restriega en la cara una idea fatula del amor. Es el mayor de los chistes pesados.

Acostado en mi cama “twin”, con mis pies colgando de la orilla y mi compañero de cuarto roncando a poca distancia de mí, dirigí palabras a la luna que iluminaba mis sábanas. Este es el momento en el que todos esos años en colegios católicos donde recibí reprimendas con reglas de monjas y recé tantos rosarios forzados, deben dar fruto: “Señor, por favor ayúdame en mi plegaria. Sé que estoy desesperado por conocer lo que es amar y ser amado, pero si es cierto lo que dicen, yo quisiera un poco de esa felicidad. Si no tienes problemas con mi ser homosexual, pues te pido una señal o una cita para el peor de los días, San Valentín. Si no recibo la misma, entenderé que nos has condenado por nuestra revolución de amor, y continuaré viviendo como tú lo desees. Padre nuestro que estás en el cielo…”

Llegó el día y ni rastros de señal divina. Pa’ colmo, el día se movía más lento que lo normal. Finalmente, pude tomar mi hora de almuerzo. Sentarte en el cuarto de descanso de un parque temático como Disney, te hace perder la fantasía y magia que este lugar supone tener. Especialmente, cuando los muebles están rotos y apestan a cigarrillo. “Y aquí viene uno de los personajes más cliché que existe en el lugar, probablemente para hacerme mover del espacio más cómodo de este roto y apestoso sofá, y solo porque tiene una cola grande, Mickey Mouse. ¡Yo también tengo cola grande, maldita Rata!”

Con su cara gigante de rata me trató de decir algo que no logré entender. “No te entiendo con la máscara. Tal vez si te la quitaras”. La cabeza de la rata cae al piso y siento que la luz se opaca con la brillantez divina de unos ojos azules que acompañan unos sensuales labios rosados que me dicen: “Estaba tratando de preguntarte si tienes planes para esta noche”, dice la divina rata.

El sonido de la televisión del cuarto de descanso me parece una melodía de los ángeles. “Probablemente ver televisión”, contesté patéticamente.

-“¿Eres gay?” -me pregunta el Rey de las Ratas con ojos azul esmeralda, que me atraviesan el alma.

-“No, soy bi” – perdóname Padre, porque he mentido.

-“¿Te gustaría salir conmigo hoy?

-“Okay”- respondió el niño desesperado dentro de mí.

– Perfecto. Hablamos luego, se acabó mi receso. Regreso a falsificar autógrafos para el jefe”.

¡El ser que le da vida al Jefe de todas los personajes de Disney me acaba de invitar a salir! Soy yo o el sofá muestra ser mucho más cómodo que antes, como si estuviera entre las nubes del cielo. Miro el reloj y me percato de que estoy tarde para mi trabajo. ¡Que importa, tengo una cita con el jefe!


Follow My Blog

Get new content delivered directly to your inbox.