MEMORIAS

Una sorpresa perturbadora

POR SANDRA COLORADO

Mi hermano se retiró a una edad aún productiva sin interrumpir nunca su deseo de aprender cada día algo nuevo. Así que cuando bordeaba los sesenta, a nadie le sorprendió que deseara tomar clases de baile en el género de salsa. Tan entusiasmado se encontraba que me invitó a matricularme también. La invitación no me sorprendió porque siempre que descubre algo de interés lo comparte conmigo y casi hasta me obliga a seguirlo. No obstante yo sí estaba curiosa y aproveché para preguntarle, pues nunca había demostrado interés. Su contestación me sorprendió y entristeció: “Siempre me interesó bailar salsa, pero no tenía quién me enseñara”. Mi corazón se apretujó a la misma vez que me sobrecogió la sorpresa. ¿Por qué nunca me dijo nada?

En mi adolescencia, lo de moda en asuntos de música era el rock y la salsa dura. Yo era una cócola rabiosa, como nos denominaban en esa época a los seguidores de Fania All Stars. Tiempos maravillosos donde recuerdo bailaba muy bien y, aunque mi figura esquelética no era tan atractiva, cuando llegaba al salón de baile los mejores bailarines ya me estaban esperando. En esos momentos la más bella me envidiaba.

Mi hermano me llevaba donde estuviera el bembé. Se bajaba de su vehículo Camaro último modelo con su imponente estatura de seis pies, vestido impecablemente. Caminaba detrás de mí muy serio. Las chicas lo miraban con lujuria y yo orgullosa porque era a mí a quien escoltaba. Entrábamos al local pero él se quedaba retirado. Daba una vuelta, observaba el ambiente y luego que acordábamos a la hora en que me buscaría, se retiraba sin mirar atrás. A la hora convenida me esperaba fuera y regresábamos charlando a la casa. Nunca me hizo pasar malos ratos, ni me avergonzó en frente de algún chico.

Siempre se mostró protector conmigo y, a pesar de nuestra diferencia de edad, nuestra comunicación era y es excelente. Yo lo consideraba casi como un dios, mi ideal de hombre, y asimismo lo celé hasta que consiguió la mujer adecuada. Cuando me enamoré seriamente, solo necesitaba saber que había llegado mi novio a visitarme y él empezaba a llamarme a su cuarto para que le contara cuentos, le llevara agua, le cambiara la televisión, lo que fuera para distraerme. Inclusive el día de mi boda no me quiso hablar porque me casé con 21 años y él quería que siguiera estudiando, lo que hice después según se lo prometí.

Hoy todavía me duele el tiempo que perdió por no confiarme su interés. Todos saben que yo lo hubiese complacido, como siempre.


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