Agéndame dos fracturas

Hay cosas que van a pasar te gusten o no. En los últimos nueve meses me rompí un hueso del pie derecho mientras bajaba unas escaleras y otro en el pie izquierdo, resbalándome con el cable de un abanico. Desde entonces, mi calzado no ha seguido tendencias de moda: no veo a modelos con botas inmobilizadoras en las pasarelas.

Esto no es una queja. He inaugurado conversaciones memorables gracias a la excentricidad de mis pies. Recuerdo con cariño a una señora que conocí en la Plaza de Armas mientras hacía fila para un café. Muerta de la risa y sin aire, luego de contarle por qué uso zapatos tan feos, se sacó del pecho: “¿Sabes cuál es la parte positiva? Que no tienes un tercer pie, porque de lo contrario te lo fracturarías también”. Sentí que la señora tenía razón. Agradecí tener el cuerpo que me tocó, con sus dos piernas y huesos que por calcio llevan cristal, y seguí -coja- paseando por Viejo San Juan.

Ese mismo día, mientras me perdía entre los adoquines gastados de la isleta con café en mano, sin proponérmelo, mentalmente continué con la postura de agradecimiento. Esta señora que les comento es la #567 de una lista infinita de personas maravillosas que han tomado mis zapatos especiales, yesos y botas feas como excusa para abrirme conversación en los últimos meses (justo en los momentos y lugares más inesperados).

Hay cosas que van a pasar te gusten o no. Las malas experiencias, esos “huesos rotos” que cargamos en la conciencia y tan pesados nos resultan, la mayoría de las veces solo esperan ser traducidos a oportunidad para volverse livianos. Acoger las roturas como una gran oportunidad cambia el ritmo completo de nuestra vida. Se trata de que cuando acabe el día, nuestras mochilas carguen conversaciones, mantecados, carcajadas y cosas que no pesen, sino que aporten. ¡Salud!

Los muertos no mueren de nuevo

No sé si alguien nos lo dijo o nosotros solos lo formulamos, pero ansiamos de cada nuevo año más balance y equilibro. ¿Por qué? Bueno, así las cosas se supone que fuesen: un tanto más perfectas y organizadas de lo que son… o eso creemos.

Entrenados al culto de “habrá luz al final del túnel” nos consagramos cada noche. Así, meta la luz y pobre túnel, antagonista rezagado que nadie quiere atravesar. Lo queremos todo fácil, pero si el túnel significase las adversidades de la vida, ¡qué vergüenza! Por como le huimos, parece que morir nos resultase mejor idea. Nos da miedo lanzarnos a vivir.

Seamos todos temerarios como mi perro Yunque.

Dada esta realidad, la más espectacular resolución de Año Nuevo sería replantearnos seriamente nuestra actitud. De lo contrario, vamos a caer inminentemente -y enfilados, uno tras otro- en el patrón de decepcionarnos casi a diario, porque aquí va un tiro de tres: las cosas son como son y no como uno quiere que sean. Es pérdida de tiempo victimizarse cada vez que la situación nos lo recuerde.

Por otro lado, es válido también admitir que no es prudente subestimar al presente. Transitar selvas no es simple. Estar confundidos es normal y no saber está bien, aún en el siglo XXI. De hecho, el precio de descubrir es el automático “desbloqueo” de más incertidumbres. ¡Una respuesta dirige a otra pregunta!

Por eso, todos los respetos y tres golpes al pecho por las nuevas generaciones, que mantienen la titánica lucha entre los torrenciales tecnológicos y la pasional versión escarlata del mundo.

Hoy, no se está seguro si perseguir la computadorizada impecabilidad, o aceptar que estamos un poco desencajados y algo rotos. Tampoco estamos convencidos si felicidad es hablar de darlo todo o hacer de todo un negocio.

Claro, esto genera una brutal crisis existencial en la que si nos preguntan, ni vivimos, ni morimos. Solo estamos. Una pierna en el infierno y la otra en el paraíso, por si acaso. ¿El propósito era caminar? Shh, calla, calla. “El norte es pretender que todo está bajo control”. (Esa última palabra la llevamos tatuada en el riñón bajo el título de favoritos).

Desde donde sea que estemos, bajo cualesquiera circunstancias, propongámonos atravesar el túnel sin quejarnos, olvidémonos de la luz al final y encendamos la que llevamos dentro. Vamos a cambiar de verdad nuestra actitud, comenzando por hacernos responsables de nuestra salud emocional con el mismo ímpetu que usamos para aumentar el salario anual.

Realicemos un ajuste a los ojos con que vemos a la gente que nos pasa por delante y sensibilicemos al corazón con que sentimos el dolor ajeno.

Más autocompasión hacia los errores que cometemos. Apertura a lo nuevo. Menos dejadez y resentimientos. Cambiar paredes por puntos de encuentro para reconocernos. Construyamos unas relaciones y reforcemos otras.

Que Amor sea causa, no efecto. (…) Sí, es cierto, amar es dar poder para que otros nos hieran, pero ¿qué es lo peor que puede pasar? Al final, los muertos no mueren de nuevo.

¡Vulnerable, feliz y lleno de viajes 2018 para todos!