Existe un interruptor

Las veces que he sentido mi mundo venirse abajo han sido muchas. No recuerdo cómo exactamente salí de cada hoyo, pero sí el enorme agradecimiento de estar fuera; como una profunda sensación de vacío que se llena al experimentar ese “primer día” en que por fin te levantas sin llorar.

Para mejorar holísticamente la salud, se recomienda salir a pasear, compartir con amigos y familia, hacer actividades nuevas como viajar y asistir a clases de zumba o yoga.

Dicho esto, reconozco a todos los que estaban dando su máximo para salir del hoyo y de un día para otro búm, el mundo contrajo pandemia y se apagó. Quiero que sepan que existe un interruptor para encender la luz y no están solos, aunque así se sienta.

Cuando tu salud mental es óptima resulta más probable conseguir la voluntad para leer, ser creativo y cocinar, por ejemplo. En cambio, para una persona deprimida estar encerrada, en aislamiento, no solo es realmente doloroso sino peligroso.

En un acto que busca hacer comunidad, hoy dedico tiempo para escribir ideas que ayudan a atrapar el sentido de la vida cuando las ganas de estar aquí se nos resbalan:

1. Haz algo que te haga feliz, diariamente. Comprométete contigo a experimentar satisfacción aunque sea una vez al día. Puede ser un detalle minúsculo, como comprar el mejor bolígrafo del mundo (lo hice hace unos días) o cocinar con ajo natural (también lo hice).

2. Crea el prototipo de un proyecto personal, y mejóralo día a día. Si te gusta pensar y solucionar problemas, proponte crear un espacio seguro en donde seas tú mismo la voz líder del proyecto. Diariamente, trata de mejorar lo que hiciste ayer. Al final de la cuarentena te vas a sorprender (ojalá que te sorprendas por lo maravilloso que quedó tu proyecto pero, en el peor de los casos, ya sabes cómo no llevarlo a cabo, jajaja).

3. Estírate y medita. Cuando la mente está triste, el cuerpo se “contrae”, como si estuvieras en una eterna posición fetal. Estírate, aunque sea 10 minutos. Es un pequeño gran gesto de amor propio.

4. No olvides comer. ¿Cuando viste el reloj eran las 7:30 p.m. y el hambre no pica? ¿Te envolviste y ya es tan tarde que mejor mañana “bregas con cocinar”? NO. Levántate. Ve y come. Toma agua. Hoy.

5. Haz una llamada, pero no a cualquiera. No todas las personas que forman parte de tu vida merecen ese espacio. Para esta llamada diaria, selecciona únicamente a gente que tenga efectos positivos en ti.

6. Comparte lo que sientes. No ignores lo que te persigue. Hay pensamientos que acechan, y si no los enfrentas, se te quedan con el canto. Escribe lo que te preocupe, y también agradece lo bonito.

7. Compra velas, adopta plantas. La vida es más brillante cuando tu casa huele rico. Las plantas ayudan a recordar lo gratificante que es adquirir responsabilidad.

8. Enfréntate a “esa” tarea. Sé que tienes que lavar ropa, fregar la trastera o hacer tu cama, pero cada vez que piensas hacerlo, tu mente rechaza la idea. Te entiendo. Tengo un truco para esto. Cuentas hasta tres: 1, 2, 3, y sales corriendo a hacerlo. ¡No lo pienses! Hazlo. Cuando termines, te sentirás feliz contigo mismo.

Yo Hago Lo Que Me Da La Gana

No confundamos tono con voz. Tono es la manera en que se dicen las cosas. Con el tono adecuado, teóricamente está aceptado decir casi lo que sea (uff, peligro. Mucha gente se ampara en esto para decir todo cuanto les pasa por la mente).

Voz es tu posibilidad de opinar. El discurso democrático de que cada cual opine sobre absolutamente todo suena fantástico. En la práctica, debido al inoportuno uso de los tonos, las voces tienden con frecuencia a lastimar. De aquí que lo considerado diverso se sienta -y sea- abruptamente excluido, violentado desde el primer instante en que alguien abre la boca. La diversidad es una magia incomprendida. Por eso, hay gente que dedica su vida a hacer inteligible esa magia.

Ej: YHLQMDLG es un disco con voz que proviene desde las profundidades de lo diverso, con tono de desmadre colectivo. Y está bien. Está bien el desmadre, especialmente cuando surge desde la fuerza pura del descontento para crear movimiento. Desde el activismo creativo es que hay que combatir y resistir.

Que viva el Reggaeton. 

giphy

*(Nota: Alguien que le diga al COVID19 que NADIE LO INVITÓ al desmadre, pero si eso quiere, vamos a perrearle hasta que se pare y se largue ).

 

 

Dedicado a quien sugirió que escribiese sobre [La magia de la diversidad]. 

 

 

 

Señora magenta: crónica de una multa

Les juro que trato, pero siempre está el exnovio que se quedó molesto, con cara de vístima; el desconocido del supermercado que compitió con su carrito para llegar a la fila antes que yo, y perdió; el vendedor de la tienda al que dejé hablar demasiado como para hacerlo creer que compraría algo, y se equivocó. Aunque la mayoría de las veces -porque así decido- reina la serenidad entre la gente y mi persona, hay excepciones. Una de las más memorables fue la tenebrosa mañana en que me dieron mi primera multa, en otro continente, estando sola, con el dinero contado y a 24 horas de mudarme de Europa a Estados Unidos. Lo sé. ¿Empezamos a grabar la película ahora o después?

Como las estadísticas sugieren para las personas jóvenes sin familia acomodada, claramente estos viajes sucedieron bajo la norma de: “Ay, santos cielos, Marimar. Recuerda utilizar el gustazo en la cena de hoy o no te dará el budget para comprar el desayuno de mañana”. Nadaba contra los pronósticos de mis posibilidades financieras, a puntito de cantar victoria porque el presupuesto me daría justo para llegar a E.E.U.U., hasta que el día antes del vuelo se me antojó visitar lugares que me quedaban por ver. Para esto, tenía que tomar el metro, una de las opciones más fáciles y ligeras de transporte público.

Ya en la estación, veo que la gente extrae de sus bolsos, carteras y bolsillos una tarjetita que deslizan a fin de poder pasar a la sección de metro que les corresponde, según su destino. “Me caso en ná’, la tarjeta”, pensé. El modus operandi es el siguiente: mensualmente el ciudadano debe recargar la tarjeta y, si bien estoy, cuesta 40 euros (aproximadamente 45 dólares).

Unos días atrás había vencido mi tarjeta, y recuerdo el momento exacto en que determiné no recargarla porque “ya me voy del país, no tiene sentido. Puedo quedarme estos últimos días tranquila en el área y ahorrarme el dinero”. Claramente olvidé el estatuto y allí estaba, en la estación, con cara de borrego perdido y ojos de pescado congelado, gobernadora de mi despiste. “¿Y ahora? Ya estoy aquí”.

“Las grandes verdades habitan en lo simple”. Damas y caballeros, esto fue lo que me dije para justificar la poca creatividad de mi plan, que consistía en escoger al azar una persona que anduviese sola, explicarle que no tenía tarjeta y pedirle, muy amablemente, que me dejase pasar con ella. Fácil. Sin mucho espacio para fallos.

Esto se escribe muy lindo, pero debo expresarles los pormenores. Una vez la persona poseedora de la tarjeta la desliza, el tiempo para pasar es mínimo; la barra baja veloz, cierra y el próximo viajero debe volver a deslizar tarjeta para proceder. Esto significa que debía pegarme insensatamente a la persona desconocida y caminar como pingüino tras ella si quería pasar. De lo contrario, me quedaría fuera.

Voy a saltarme el lío de cómo identifiqué una persona que dijese sí a mi plan, porque pareció proceso de selección natural, e iré al grano, la conseguí. He aquí el detalle: caminar como pingüino cuando tienes ropa de invierno llama MUCHO la atención. No pude pasar inadvertida ante los ojos del policía de turno, quien no vaciló en soplar su asqueroso silbato mientras se dirigía como en trance hacia mí.

La señora que me permitió irrespetar su espacio personal para pasar tras ella en la estación cambió de color blanco a magenta. El policía llega. Cuestionó porqué pasé ilegalmente. Ante los nervios, dije una mentirota mal dicha, que ni repitiéndola mil veces me la creería: “Señor policía, esta señora es mi querida tía. He venido a verla por unos días y…”

–“Eso no es cierto. Yo no conozco a esta mujer”, me interrumpió la señora magenta. Con tremendo tijerazo se recortó de la situación, y desapareció. Me quedé ahí parada, sola.

El policía indica que son casi 100 dólares de multa, quise infartar. La drama queen que me habita se despertó y pronunció babosadas: “¡Soy parte de la Unión Europea, no pueden multarme esta manera!”, “Ya le dije, no soy de aquí”, “¿Tiene usted cómo probar su acusación?”.

Cuando el intachable servidor público dijo las palabras mágicas: cárcel, comisaría, barrotes, decidí que la drama queen debía irse a dormir y traer devuelta a Marimar diplomática. Al fin y al cabo, si voy a la cárcel, que sea por defender una causa y por usar el metro contra la ley. ¿Qué clase de historia sería esa?

Pagué mi multa. Pude haber gastado esos 100 dólares en un spa, que al sol de hoy sigo deseando, pero no. La vida quiso que escribiera esta crónica.