Hay culpa, pero estamos bien

La culpa es el chillido insoportable de un raton que se esconde en el patio  -o bajo el lavabo- durante la noche, y decide salir cuando más cansado estás o menos tiempo dispones para trabajar con ruidos.

La famosa ecuación de culpa + perdón = estamos bien tiene fallos. Primeramente, no siempre luego de ser perdonados o de perdonar la culpa desaparece. ¿Por qué? ¿Será que el perdón tiene niveles de efectividad? ¿Será que depende del escenario funciona o no funciona? ¿O es como una espada, siempre igual, pero según la maestría de quien la blanda serán los resultados? ¿Será que “estar bien” es el constructo idílico de un estado que no puede ser constante ni confiable por la volatilidad de la sociedad en que vivimos? Es necesario cuestionarnos.

Aunque uno de los ejercicios más comprometedores es el de tomar posturas, en este blog nos gusta el compromiso. Por ende, aquí va la premisa que defenderemos:

  •           Estar bien consistentemente es posible, el perdón es siempre efectivo y la culpa debe ser sinónimo de restaurar no castigar.

Tenemos como opción dos actitudes que podemos asumir ante la culpa: castigar o restaurar. La eficacia de la ecuación arriba es directamente proporcional a cual sea la actitud que escojamos.

Lastimosamente, la culpa es tan humana como el vello corporal, que aunque cortes, depiles, arranques o rasures, reaparece. Dicho lo escrito, seamos inteligentes. No tratemos de huirle a un sentimiento que no podemos controlar y para colmo, se prolifera con extrema facilidad. Los únicos que no sienten culpa son los perfectos. Para ellos, supongo que escribiré otro día.

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CÓMO PODEMOS RESTAURAR PARA NO CASTIGAR 

El objetivo es cuidar de nuestra mente, cuerpo y espíritu. Aunque no hagas nada ni hieras a nadie, ni a ti mismo, por ejemplo, si eres de los que tiene pensamientos negativamente fuertes contra ti, estás castigando tu mente. Eso cuenta como castigo. Tu salud mental cuenta. No te mereces el suplicio de frases como “no sirvo”, “soy bruto/a”, “soy bueno/a para nada”, “otra vez lo hice mal”, etc. Tampoco permitas que alguien te hable de esa manera.

Nadie nace sabiendo cómo amar, cómo perdonar, cómo estudiar, cómo hacer amigos, cómo ser empáticos, cómo ser humildes, cómo no dejarse atropellar, cómo perseverar, cómo soñar, cómo ser exitoso/a, cómo ser buen hijo/a, hermano/a, nieto/a, pareja. Estas son cosas que se aprenden en la marcha, cada cual a su ritmo y prioridad. Te vas equivocar muchas veces. 

Restaurar es la actitud de observar el mundo con amor, justo como te gustaría que te mirasen a ti un domingo en la mañana. No importa si la culpa proviene de un acto que hiciste u otro que dejaste de hacer, pregúntate qué puedes llevar a cabo para remendar. Restaurar es accionar, es movimiento que lleva a la tranquilidad mental.

Ojo, esto no es un mamey, especialmente al inicio. Si hallas dificultad en restaurar, no hay que caminar solo. Hay profesionales de la salud que dedican su tiempo y vida en ofrecer mano ayuda. No dudes en buscarla. La experiencia de cambiar de mentalidad es una vereda retantemente hermosa. Y no, no es de locos buscar ayuda para mejorar. Locura es creer ser perfecto.